ANAGRAMAS
YO SOY DE GUATEMALA.
TU LA GEMA SÉ
Y
YO LA ODA
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PALINDROMÍA
MI ROPA
LINDA.
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ECONOMISTAS
CITAOS
MENOS
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POLÍTICO
LO TÍPICO
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A MI MEXICO LINDO Y QUERIDO
Y
DI
QUE
MI LÉXICO
NO DORMIA
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DE LEER LIBROS Y PUBLICAR
DLLS.
Y
CREE BOBERÍA PULIR
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DE VIVIR Y ENVEJECER
RECEN.
VI,
VI,
REÍ.
Y
DEJÉ
VER.
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MEXICO: MI PATRIA ADOPTIVA
TIP.
AMAR MI POCA VIDA:
ÉXITO.
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OSCAR RENE CRUZ OLIVA
RECIÉN VAS CUAL ZORRO
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A LOS SETENTA AÑOS:
SÉ TANTO.
SOÑÉ ALAS
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ACAPULCO
COCA
PULA
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DEMOCRACIA
COMERCIADA
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TELEVISIÓN
TE VÍ
LESIÓN
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martes, 11 de mayo de 2010
OFF SIDE
Este Aureliano –comentó el General Moncada-, lástima que no sea conservador
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
Un virus de insatisfacción vive en la esperanza.
GEORGE STEINER.
Que mi actitud es desconcertante lo veo en el asombro, los gestos displicentes y en ocasiones en los ojos inyectados por un malestar auténtico que nace muy adentro, en las regiones obscenas o sagradas, de los antiguos amigos que aún deben soportarme. Lo siento, pero no puedo continuar oprimiendo mis pensamientos, encerrarlos en la bóveda cerebral; si no los suelto, en cualquier momento, caminando por la calle o yendo en el metro, la cholla volaría hecha pedazos, salpicando a la gente cercana. Seguro que exagero el poder de control cuando supongo que darle rienda suelta a mis ideas es un acto volitivo. La verdad es que mi propia crítica, antes tan eficaz al punto que me estaba dejando mudo, ya no funciona y lo que digo sale aprisa, sin censura, empujado por la sensación de que los últimos veinte años los he vivido completamente equivocado. No me extrañan, más bien me tranquilizan el sentimiento de culpa y a momentos la gran interrogante que formulo sobre mí grado de cordura. Los entiendo como síntomas de algo positivo. Mi incoherencia misma, la falta de lógica, la ruptura del hilo que tomo y no sigo hasta su fin, quizá indiquen que hay algo de lo viejo que aún respeto, que todavía aprecio y amo. Por ejemplo, si no sintiera cierto afecto por mis libros, llenos de símbolos de símbolos, de sueños, de fantasías, de ilusiones sobre irrealidades, habrían alimentado el fuego de la chimenea el día que empecé quemando papeles inútiles, recortes de periódicos con datos, informes, comentarios y artículos de fondo, propaganda comercial que recibo a montones, bolsas de supermercado, etc. Hablando con franqueza, el primer impulso era lanzar al fuego los volúmenes de filosofía, historia, economía, que poco a poco han venido invadiendo mi espacio vital, primero el cuarto de estudio, luego el dormitorio, después la sala, como si ellos mismos se hubieran ido acercando a la chimenea. Cuando quemé los otros papeles, únicamente estaba tomando fuerzas para decidirme pero no pude, quizá por el recuerdo de lo endiabladamente difícil que es para el fuego consumir las ideas empastadas, apretadas en hojas compactas; por el recuerdo de la gran fogata que en el parque central de la ciudad de Guatemala, frente a la Catedral, el templo mayor de los católicos, durante una semana consecutiva, en junio de 1954, con la eficiente ayuda de barriles de gasolina, convirtiera en humo el pensamiento que se inflaba y tomaba un color azul en algunos lugares (las ediciones de Lenguas Extranjeras publicadas en Moscú), en otros un color café (las ediciones mexicanas de Navarro) y que al centro se elevaba en una blanca espiral, por encima de la fuente luminosa que orna tan bello parque. Quizá me detuve también por culpa de Proust Su obra voluminosa llena de condes, marquesas y de uno que otro príncipe .
El Tiempo Recobrado, aquella fiesta, las meditaciones en la antesala, los triángulos, los cuadrados, los poliedros que forman los años en los rostros de la gente y la honda penetración en la intimidad del hombre, en su vida presente arrastrada por el pasado hacia el porvenir que paraliza el tiempo y la historia, es incuestionable que influyó para que hiciera alto en mi intención. Sale al paso que estoy hasta la coronilla del contenido de los libros que he ido aprendiendo, o más bien a la inversa, que se ha ido apoderando de mi pensamiento con la trampa del deleite, con la manipulación que ha hecho de mis emociones que eventualmente ha dejado exhaustas, de mi sexo, al que he tenido que satisfacer de algún modo ante las exigencias provocadas por otros desde sus tumbas imperecederas. A fuerza de lecturas hasta los sentidos dejaron de ser míos, porque en una época tuve el punto de vista kantiano, en otra el de Hegel, luego el marxista. Hablaba, y aún lo hago cuando no soy, conforme a los textos. Es decir, no hablaba yo, sino eran ellos quienes 1o hacían a través de mí y lo que entendía por autocrítica, por rigor intelectual, era más bien el mandato, la amenaza de las ideas de los libros, de los grandes hombres que han estructurado sólidos sistemas ideológicos y que siempre blanden en alto la férula de la verdad, conminándolo a uno a ser fiel al todo coherente, comprensivo, y a no externar palabras espontáneas, inmediatas, que seguramente estarían situadas fuera de lo justo y al servicio de lo opuesto.
Lo opuesto es lo que desconcierta a las personas a quienes les era simpático cuando recitaba, rezaba conocimientos, cuando hacia mención de nombres untados de prestigio. La máscara elegante, fina, depurada, de que hacia gala, la he tirado y ahora muestro otra imagen que no gusta a aquellos que ahora comienzan a echarme de sus casas, a donde frecuentemente era invitado para "amenizar" sus veladas, para asombrar a sus mujeres que se quedaban silenciosas ante el desborde de cultura e ilustración que ya no cabe, lo repito, en mi cabeza. Me echan y yo no les guardo rencor. Los aprecio como a los libros que no me decidí a quemar. También a mi me apena su disgusto. Quisiera ser con ellos como antes, pero es el caso que ya empiezan a repugnarme y no encuentro otro camino para rechazarlos que agredirlos con mis “verdades".
Sospecho además que el malestar de mis antiguos amigos, su encono, nace del sentimiento de que los he timado, de que les tomé el pelo de lo lindo haciéndoles creer que era uno de sus semejantes, más aún, que estaba contribuyendo a la formación de un prototipo de persona que ellos aún esperan alcanzar, porque en el equivoco de nuestra existencia yo llegué más lejos y fui señalado, no sé bien si como futuro párroco o como mártir de nuestras creencias. Mi nombre, en boca de algunos de ellos, era sustituido por el diminutivo de algún héroe legendario o de novela, lo que reconfortaba mis desvelos. Y un día les di la espalda, con razones que no entendieron. Tanta fue su confusión, que a ciertos personajes serios, taciturnos, de lento andar y de pocas palabras, no les quedó otro camino que inventar historias y escribir anónimos, plenamente justificados por el engaño de que se sintieron víctimas y que a otra, una mujer, provocó la pérdida de control de sus sentidos e instintos y plantándome en una esquina se lanzó ciega al torrente de automóviles, corriendo entre el ruido amenazantes de las bocinas y el chirriar de los frenos.
Para su perplejidad, yo no me pasé al campo contrario, lo que hubieran aceptado de muy buena gana y hasta con satisfacción. Me ubiqué en lo opuesto, en lo que no toca ninguno de los dos lados. Si hubiera cambiado de bando seguiríamos siendo los buenos camaradas de antaño, me permitirían incluso concurrir a sus juntas secretas, los haría sentirse acertados en sus convicciones y seguros de que sus condenas a muerte se cumplirían inevitablemente, pero no, al desenmascararme, volví la espalda a las dos partes que en la paradoja de la naturaleza humana batallan por una independencia inexistente, dentro de la cual no se puede percibir la simbiosis, la interrelación que hace que una parte se nutra de la otra, se afirme frente a la otra, se defina por la contraria, en una lucha llena de impostura.
Ciertamente, hubieran deseado que me convirtiera en soplón, en un espía celebre como Carlos Manuel Cóluber o como la Hostis*. Yo no encuentro de qué acusarlos. Los veo transitar por la calle encerrados en sus cárceles portátiles, recluidos castamente en las aulas del alma mater, exclaustrados en las salas de cine, arrastrando una vida clandestina sin poder salir de sus cuartuchos malolientes. Sería para ellos una incongruencia letal discutir el Qué Hacer de Lenin en el Bosque de Chapultepec, al aire libre, o en La Aurora a las ocho de la mañana. Lo único que puedo hacer es señalarles su locura, su engreimiento, su soberbia, su desprecio por la naturaleza, por el ser humano concreto, por el vecino, el prójimo y los hijos. Ninguna de estas actitudes, que yo mismo he ejercido como un virtuoso, está tipificada en el Código Penal, aparte de que ello no tiene importancia cuando la vida entera está entregada a elevados principios, está puesta al servicio de la humanidad, del arte y de la ciencia, de las grandes causas. ¿Qué se puede decir cuando a un niño abandonado se le premia con una medallita del Komsomol y la cuarteadura del muro de la vivienda se oculta con un poster del Che Guevara?
Quiero creer que este rechazo de lo que yo mismo he sido, indica que estoy arrancando las lapas que cubren mi cuerpo de tanto estar hundido en aguas negras, que estoy tratando de lograr una integridad coherente y madura que sustituya esa personalidad mutilada en su base, semejante a los zapatos que no calzo en las fiestas de gala de mis sueños, que siendo mía he olvidado cómo es y compensado con mil supercherías, con el Partido, por ejemplo, en donde se me exigía fe, disciplina y se me daban consignas, instrucciones, órdenes; con los libros; con las mujeres, sobre quienes he descargado la ira de mi impotencia para encararme a la vida solo, con mi cuerpo, mi sexo, mí corazón, mis brazos y con mis pensamientos, sin prótesis ni muletas.
No es mi propósito, definitivamente no, fastidiar a los demás. Allá ellos. No debieran plantarse el guante. Están contentos. Un día hice un alto y empecé a conocerlos, más bien a reconocerme viéndome en ellos, como ante el espejo me miro el rostro, el movimiento de los ojos totalmente involuntario, incontrolable, las arrugas, las canas, a través de las cuales he incursionado para saber qué ocultan. Frente a mis hermanos gemelos dispersos por el mundo, de todas las edades, de todas las condiciones, me indigno por toda mi vida derrochada. Y la indignación los mata dentro de mí. Uno a uno van muriendo mis otros William Wilson*, cuando ataco mi vanidad, mi egoísmo, mi sadismo. Ahí van quedando sus breves cadáveres en la plaza, desconcertados porque no veían en mí a un asesino, con sus rostros displicentes y la última idea prendida en la retina de que los he traicionado. Con ellos va quedando, lo siento, mucho de lo que creí y soñé.
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
Un virus de insatisfacción vive en la esperanza.
GEORGE STEINER.
Que mi actitud es desconcertante lo veo en el asombro, los gestos displicentes y en ocasiones en los ojos inyectados por un malestar auténtico que nace muy adentro, en las regiones obscenas o sagradas, de los antiguos amigos que aún deben soportarme. Lo siento, pero no puedo continuar oprimiendo mis pensamientos, encerrarlos en la bóveda cerebral; si no los suelto, en cualquier momento, caminando por la calle o yendo en el metro, la cholla volaría hecha pedazos, salpicando a la gente cercana. Seguro que exagero el poder de control cuando supongo que darle rienda suelta a mis ideas es un acto volitivo. La verdad es que mi propia crítica, antes tan eficaz al punto que me estaba dejando mudo, ya no funciona y lo que digo sale aprisa, sin censura, empujado por la sensación de que los últimos veinte años los he vivido completamente equivocado. No me extrañan, más bien me tranquilizan el sentimiento de culpa y a momentos la gran interrogante que formulo sobre mí grado de cordura. Los entiendo como síntomas de algo positivo. Mi incoherencia misma, la falta de lógica, la ruptura del hilo que tomo y no sigo hasta su fin, quizá indiquen que hay algo de lo viejo que aún respeto, que todavía aprecio y amo. Por ejemplo, si no sintiera cierto afecto por mis libros, llenos de símbolos de símbolos, de sueños, de fantasías, de ilusiones sobre irrealidades, habrían alimentado el fuego de la chimenea el día que empecé quemando papeles inútiles, recortes de periódicos con datos, informes, comentarios y artículos de fondo, propaganda comercial que recibo a montones, bolsas de supermercado, etc. Hablando con franqueza, el primer impulso era lanzar al fuego los volúmenes de filosofía, historia, economía, que poco a poco han venido invadiendo mi espacio vital, primero el cuarto de estudio, luego el dormitorio, después la sala, como si ellos mismos se hubieran ido acercando a la chimenea. Cuando quemé los otros papeles, únicamente estaba tomando fuerzas para decidirme pero no pude, quizá por el recuerdo de lo endiabladamente difícil que es para el fuego consumir las ideas empastadas, apretadas en hojas compactas; por el recuerdo de la gran fogata que en el parque central de la ciudad de Guatemala, frente a la Catedral, el templo mayor de los católicos, durante una semana consecutiva, en junio de 1954, con la eficiente ayuda de barriles de gasolina, convirtiera en humo el pensamiento que se inflaba y tomaba un color azul en algunos lugares (las ediciones de Lenguas Extranjeras publicadas en Moscú), en otros un color café (las ediciones mexicanas de Navarro) y que al centro se elevaba en una blanca espiral, por encima de la fuente luminosa que orna tan bello parque. Quizá me detuve también por culpa de Proust Su obra voluminosa llena de condes, marquesas y de uno que otro príncipe .
El Tiempo Recobrado, aquella fiesta, las meditaciones en la antesala, los triángulos, los cuadrados, los poliedros que forman los años en los rostros de la gente y la honda penetración en la intimidad del hombre, en su vida presente arrastrada por el pasado hacia el porvenir que paraliza el tiempo y la historia, es incuestionable que influyó para que hiciera alto en mi intención. Sale al paso que estoy hasta la coronilla del contenido de los libros que he ido aprendiendo, o más bien a la inversa, que se ha ido apoderando de mi pensamiento con la trampa del deleite, con la manipulación que ha hecho de mis emociones que eventualmente ha dejado exhaustas, de mi sexo, al que he tenido que satisfacer de algún modo ante las exigencias provocadas por otros desde sus tumbas imperecederas. A fuerza de lecturas hasta los sentidos dejaron de ser míos, porque en una época tuve el punto de vista kantiano, en otra el de Hegel, luego el marxista. Hablaba, y aún lo hago cuando no soy, conforme a los textos. Es decir, no hablaba yo, sino eran ellos quienes 1o hacían a través de mí y lo que entendía por autocrítica, por rigor intelectual, era más bien el mandato, la amenaza de las ideas de los libros, de los grandes hombres que han estructurado sólidos sistemas ideológicos y que siempre blanden en alto la férula de la verdad, conminándolo a uno a ser fiel al todo coherente, comprensivo, y a no externar palabras espontáneas, inmediatas, que seguramente estarían situadas fuera de lo justo y al servicio de lo opuesto.
Lo opuesto es lo que desconcierta a las personas a quienes les era simpático cuando recitaba, rezaba conocimientos, cuando hacia mención de nombres untados de prestigio. La máscara elegante, fina, depurada, de que hacia gala, la he tirado y ahora muestro otra imagen que no gusta a aquellos que ahora comienzan a echarme de sus casas, a donde frecuentemente era invitado para "amenizar" sus veladas, para asombrar a sus mujeres que se quedaban silenciosas ante el desborde de cultura e ilustración que ya no cabe, lo repito, en mi cabeza. Me echan y yo no les guardo rencor. Los aprecio como a los libros que no me decidí a quemar. También a mi me apena su disgusto. Quisiera ser con ellos como antes, pero es el caso que ya empiezan a repugnarme y no encuentro otro camino para rechazarlos que agredirlos con mis “verdades".
Sospecho además que el malestar de mis antiguos amigos, su encono, nace del sentimiento de que los he timado, de que les tomé el pelo de lo lindo haciéndoles creer que era uno de sus semejantes, más aún, que estaba contribuyendo a la formación de un prototipo de persona que ellos aún esperan alcanzar, porque en el equivoco de nuestra existencia yo llegué más lejos y fui señalado, no sé bien si como futuro párroco o como mártir de nuestras creencias. Mi nombre, en boca de algunos de ellos, era sustituido por el diminutivo de algún héroe legendario o de novela, lo que reconfortaba mis desvelos. Y un día les di la espalda, con razones que no entendieron. Tanta fue su confusión, que a ciertos personajes serios, taciturnos, de lento andar y de pocas palabras, no les quedó otro camino que inventar historias y escribir anónimos, plenamente justificados por el engaño de que se sintieron víctimas y que a otra, una mujer, provocó la pérdida de control de sus sentidos e instintos y plantándome en una esquina se lanzó ciega al torrente de automóviles, corriendo entre el ruido amenazantes de las bocinas y el chirriar de los frenos.
Para su perplejidad, yo no me pasé al campo contrario, lo que hubieran aceptado de muy buena gana y hasta con satisfacción. Me ubiqué en lo opuesto, en lo que no toca ninguno de los dos lados. Si hubiera cambiado de bando seguiríamos siendo los buenos camaradas de antaño, me permitirían incluso concurrir a sus juntas secretas, los haría sentirse acertados en sus convicciones y seguros de que sus condenas a muerte se cumplirían inevitablemente, pero no, al desenmascararme, volví la espalda a las dos partes que en la paradoja de la naturaleza humana batallan por una independencia inexistente, dentro de la cual no se puede percibir la simbiosis, la interrelación que hace que una parte se nutra de la otra, se afirme frente a la otra, se defina por la contraria, en una lucha llena de impostura.
Ciertamente, hubieran deseado que me convirtiera en soplón, en un espía celebre como Carlos Manuel Cóluber o como la Hostis*. Yo no encuentro de qué acusarlos. Los veo transitar por la calle encerrados en sus cárceles portátiles, recluidos castamente en las aulas del alma mater, exclaustrados en las salas de cine, arrastrando una vida clandestina sin poder salir de sus cuartuchos malolientes. Sería para ellos una incongruencia letal discutir el Qué Hacer de Lenin en el Bosque de Chapultepec, al aire libre, o en La Aurora a las ocho de la mañana. Lo único que puedo hacer es señalarles su locura, su engreimiento, su soberbia, su desprecio por la naturaleza, por el ser humano concreto, por el vecino, el prójimo y los hijos. Ninguna de estas actitudes, que yo mismo he ejercido como un virtuoso, está tipificada en el Código Penal, aparte de que ello no tiene importancia cuando la vida entera está entregada a elevados principios, está puesta al servicio de la humanidad, del arte y de la ciencia, de las grandes causas. ¿Qué se puede decir cuando a un niño abandonado se le premia con una medallita del Komsomol y la cuarteadura del muro de la vivienda se oculta con un poster del Che Guevara?
Quiero creer que este rechazo de lo que yo mismo he sido, indica que estoy arrancando las lapas que cubren mi cuerpo de tanto estar hundido en aguas negras, que estoy tratando de lograr una integridad coherente y madura que sustituya esa personalidad mutilada en su base, semejante a los zapatos que no calzo en las fiestas de gala de mis sueños, que siendo mía he olvidado cómo es y compensado con mil supercherías, con el Partido, por ejemplo, en donde se me exigía fe, disciplina y se me daban consignas, instrucciones, órdenes; con los libros; con las mujeres, sobre quienes he descargado la ira de mi impotencia para encararme a la vida solo, con mi cuerpo, mi sexo, mí corazón, mis brazos y con mis pensamientos, sin prótesis ni muletas.
No es mi propósito, definitivamente no, fastidiar a los demás. Allá ellos. No debieran plantarse el guante. Están contentos. Un día hice un alto y empecé a conocerlos, más bien a reconocerme viéndome en ellos, como ante el espejo me miro el rostro, el movimiento de los ojos totalmente involuntario, incontrolable, las arrugas, las canas, a través de las cuales he incursionado para saber qué ocultan. Frente a mis hermanos gemelos dispersos por el mundo, de todas las edades, de todas las condiciones, me indigno por toda mi vida derrochada. Y la indignación los mata dentro de mí. Uno a uno van muriendo mis otros William Wilson*, cuando ataco mi vanidad, mi egoísmo, mi sadismo. Ahí van quedando sus breves cadáveres en la plaza, desconcertados porque no veían en mí a un asesino, con sus rostros displicentes y la última idea prendida en la retina de que los he traicionado. Con ellos va quedando, lo siento, mucho de lo que creí y soñé.
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